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Dante Bertini
Aquí no hay metáforas
Hubo una vez un Siglo llamado Veinte. Finalmente
se extinguió, como todos los que lo precedieron, sin que
muchos de los seres que compartían su tránsito tomaran
conciencia de que había sido así. Supongo que estaban
muy preocupados por el futuro inminente, que por aquellos tiempos
se llamaba Siglo Venidero, el mismo que hoy, convertido en dueño
y señor de nuestros calendarios, pasó a llamarse Siglo
Veintiuno.
Hasta casi el final del Siglo Veinte, hoy recordado también
como Siglo Pasado, todos vivíamos en medio de la mojigatería
más estúpida y nadie se atrevía a nombrar algunas
partes del cuerpo que estaban entre las que más usábamos,
e inclusive disfrutábamos, de forma habitual. Sin embargo
lo indecible no desaparecía totalmente: se convertía
en puntos suspensivos y muchas palabras que podíamos encontrar
con todas sus letras y significados en nuestros diccionarios escolares,
perdían la mayor parte de sus caracteres cuando pasaban a
los diarios y revistas. Era así como todos nos sentábamos
sobre nuestros “c…”, insultábamos con un
“h… de p…” o un “vete a la m…”
y mucho de lo que sucedía a nuestro alrededor nos tocaba
los “c…” Y si alguien, haciendo uso de una osadía
nada habitual, se atrevía a hablar de sus actividades sexuales,
lo hacía con eufemismos que complicaban aún más
nuestras ya desorientadas cabezas juveniles.
Ni que decir que por aquellos tiempos los órganos sexuales
todavía estaban escondidos bajo estratégicas hojas
de parra o simplemente no existían, y si en algún
momento, por puro descuido o accidente, se atrevían a aparecer
en escena, los llamábamos usando desdeñosos pronombres
demostrativos del estilo de “eso” o “aquello”.
Otras veces, a nivel doméstico, para andar por casa, aquellos
inocentes órganos culpables de nuestra existencia eran rebautizados
con nombres absurdos y pretendidamente tiernos, casi siempre robados
a los más extravagantes y variados artilugios: pilila, conejito,
pitulín, cosita, botoncito.
Hasta que nos hicimos mayores y pudimos acceder al cine erótico,
costaba muchísimo enterarse de lo que pasaba cada vez que
los protagonistas de una película se quedaban solos en una
habitación cerrada. Muchos nos preguntábamos si el
director, distraído con lo que estaban haciendo sus actores,
dejaba la cámara funcionando en otro rincón del cuarto.
Se hacía imposible entender cómo frente a la acción
pura y dura el tipo había encontrado más interesante
a un estúpido jarrón con ramas secas, o a la alfombra
con arabescos desdibujados que cubría a medias el suelo del
cuarto, o al cielo con la nube que pasaba lentamente, tan semejante
a las que podíamos ver un día cualquiera desde la
ventana de nuestro cuarto. Los más imaginativos barajaban
otra posibilidad más inquietante: ¿qué cosas
atroces harían, y se harían, aquellos personajes de
apariencia normal apenas cerraban la puerta de sus habitaciones,
para que el camarógrafo, tan pudoroso como una novicia adolescente,
tan curioso y detallista como una mosca metida a detective, sintiera
la ineludible necesidad de recorrer cabeceras de cama, empapelados
de pared, muebles y cielorrasos?
En la anterior edición del “Heatgay”,
un curioso amigo heterosexual se mostró muy interesado en
saber “de qué iba todo aquello”. En vez de entretenerme
con largas explicaciones, contesté con otra pregunta:
-¿Por qué no vas a verlo y sacas tus propias conclusiones?
Le pareció una buena idea. Finalmente fuimos juntos, y mientras
yo me entretenía con algunos conocidos que iba encontrando
por los pasillos, dejé que mi ansioso acompañante
se perdiera en un particular y solitario recorrido. Nos encontramos
a una hora convenida, ya fuera del local.
-¿Qué tal?, pregunté.
Parecía un poco decepcionado.
-Es sexo puro y duro. No hay metáforas.
No sé qué esperaba de un festival erótico;
tampoco él supo decírmelo. ¿Un encuentro de
semiólogos estructuralistas? ¿El amor en su sentido
más romántico?
Sin embargo, sin proponérselo y al margen de su aparente
decepción, mi amigo había dado en el clavo. Pensé
que en próximas ediciones podríamos añadir
al “Heatgay” un entre paréntesis aclaratorio:
“Aquí no hay metáforas”.
Y deberíamos estar muy contentos de que sea así. Por
fin el ojo de la cámara nos muestra lo que pasa en la intimidad
de algunas alcobas ajenas. Al fin se nos permite mirar cara a cara,
cuerpo a cuerpo, aquello que tantas veces hemos imaginado en la
soledad de nuestro cuarto.
Las palabras en su totalidad, sin puntos suspensivos. El sexo puro
y duro, sí. La carne en su ineludible, y a veces muy violento,
encuentro con la carne.
Y si alguien necesita metáforas, puede
leer, también con muchísimo placer, un poema cualquiera
de Alfonsina Storni o Federico García Lorca.
Dante Bertini,
Barcelona, septiembre 2003
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