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Paco Campos
Los años que vivimos
peligrosamente
Tras ocho lustros de férreo control
sobre el sufrido pueblo español, los habitantes de este país
de Sagitario pudimos ver, con nuestros propios, ojos una de las
fotos mas obscenas que nunca se habían publicado antes: el
general Franco, en su lecho de muerte, entubado y prácticamente
mantenido vivo de manera artificial por el “equipo médico
habitual”. El marqués de Villaverde, cámara
en mano, fue el atrevido “paparazzi” que nos hacía
estremecer ante semejante visión. Hubo un antes y un después
de esta foto, mientras el cava se enfriaba en la nevera de muchos...
Como si de una catarsis colectiva fuera,
los españoles nos lanzamos a tumba abierta a pedir, con la
garganta en carne viva, lo que no habíamos tenido hasta entonces.
Es decir, opinión política y libertad sexual. El famoso
“libertinaje” del que abominaban los ultramontanos,
los requetés, los estamentos clericales y varios dinosaurios
no tan próximos a su extinción. Con eso nos conformábamos.
Atrás quedaban las escapadas a Perpignan
o Montpellier, para ver cintas como “El Ultimo Tango en París”,
de Bertolucci, que luego no eran para tanto, pero de las que siempre
se exageraba al contárselas a los amigos. Pronto nos olvidamos
de que las únicas tetas que habíamos visto fotografiadas
eran en una enciclopedia médica, las de la Maja Desnuda,
y de los ejemplares del París-Hollywood traídos de
matute del cercano paraíso galo... donde las señoras
eran lisas como estatuas griegas gracias a la magia del aerógrafo.
Queríamos sexo, pero sexo de aquí, tan español
como las canciones de Manolo Escobar, el jamón serrano, el
porrón o la boina sin capar. Queríamos ser aparentes
dueños de nuestros propios deseos.
La tan temida censura se tambaleaba herida
de muerte, las costumbres se relajaban y la curiosidad se disparaba
hasta el infinito. Para ser felices, solo queríamos dos cosas:
poder discutir sobre política en el bar y ver tetas, a pares
si era posible. Una nutrida hueste se aprestó a darnos lo
que estábamos pidiendo mediante aullidos en dos frentes principales:
el papel impreso y las veinticuatro imágenes por segundo.
Mas que movimiento, fue una explosión incontrolada, que pronto
recibió el nombre popular de “destape”, y que
marcó de por vida a varias generaciones de españoles,
entre los que me incluyo sin falsos pudores.
Hablar de destape es hablar de nombres propios,
y de un “star-system” aquí forjado que se aprestó
con rapidez a participar del no tan inesperado cariz que tomaban
los acontecimientos. Decenas de actrices que, hasta aquel entonces,
no habían roto un plato en su vida, o que habían coqueteado
muy de refilón con el escándalo, acataron aquel imperativo
legal que suponían las “exigencias del guión”.
La Trastienda , de Jorge Grau, en 1976, daba el pistoletazo de salida
para un nuevo tipo de cine donde lo de menos era el guión:
lo importante es que se viese “muslo y pechuga” de la
famosa (o no tan famosa) de turno. Ya fuesen dramas tremebundos
como El Sacerdote o Desnuda Ante El Espejo , o comedias casi psicotrópicas
como Pepito Piscinas o Con El Culo Al Aire , la platea aguantaba
lo que le echaran a cambio de un poco de astracán y algún
roce nada inocente en la oscuridad del cine. Recordemos la Gloriosa
Hazaña del Cipote de Archidona , novelada por Camilo José
Cela y llevada al cine en 1979 por Ramón Fernández:
el resto nos lo podemos imaginar.
Como en una montaña rusa, pasábamos
del paroxismo erótico a la decepción del morbo contrariado.
Carmen Sevilla se pegaba el gran filete con Máximo Valverde
en No Es Bueno Que El Hombre Esté Solo , o se desmandaba
en La Noche de los Cien Pájaros . Ana Belén se olvidaba
del payaso Papá Zampo apareándose con un can en La
Criatura , o le enseñaba las “tetitas” (sic)
a José Vivó en La Colmena . La vallisoletana Ágata
Lys, émulo patrio de Marilyn Monroe, nos ponía a mil
en Las Alegres Vampiras de Vogel o El Erotismo y la Informática
. La lista de “sex-symbols” de fabricación nacional
es larga y muy húmeda: Bárbara Rey, Nadiuska, Helga
Liné, Maria Luisa San José, Eva León, Mirta
Miller, Azucena Hernández, Norma Duval, Africa Pratt... Cuantos
suspiros, cuantos íntimos pecados han provocado, medio a
sabiendas, estas mujeres...
Y si esto pasaba en el cine, ya no hablemos
del quiosco, convertido en un auténtico baluarte de los “libertarios”
tiempos que estábamos viviendo. Al calor del momento, multitud
de cabeceras míticas nacieron con la sana intención
de informar y deleitar de paso al ciudadano. Algunas desaparecieron,
como Matarratos, Personas o Bazaar , otras se reconvirtieron, como
Pronto o Diez Minutos , y las menos siguen vivas aún, como
Interviú . Las hubo que pagaron cara su osadía, como
El Papus , las que pasaron sin pena ni gloria, como Stop o Siesta
, las que dejaron una poderosa impronta, como Triunfo ... Muchas
españolas famosas aparecieron en ellas con el frontis al
aire, algunas por curiosidad, otras por simple morbo. El país
se agitaba tras el culo de Marisol, la ambigüedad de Bibí
Andersen, la gloriosa calentura de Susana Estrada, y hasta dos glorias
nacionales en horas bajas como las tetas de Sara Montiel levantaron
oleadas de pasión.
Incluso las tiendas de ultramarinos regalaban
calendarios con hermosas señoritas muy ligeras de ropa: recuerdo
haberlos visto colgados hasta en la cocina de mi casa siendo yo
un crío. Los talleres y las carpinterías hervían
con los pósters de Lib o Playboy . El primer “softcore”,
de importación italiana o francesa, corría como parte
del enemigo en institutos, centros de trabajo, cuarteles y cualquier
otra parte pululada por españoles calientes en busca perpetua
de un caramelo visual que llevarse a las retinas. Nuestra educación
democrática corría pareja con nuestra educación
sentimental... y no podré olvidar nunca la primera vez que
ví una revista con sexo explícito, el número
13 de la revista británica Flesh . Una fuerza poderosa como
el trueno pugnaba por liberarse... Puestos a evocar, creo que la
primera vez que ví en una pantalla grande a una señora
completamente en cueros (aunque con una sospechosa pelambrera en
el pubis que olía a peluquín de astracán),
debió ser en 1977, con Pecado Sin Malicia , de Theo Campanelli,
rodada un par de años antes.
Pero aunque ya teníamos algo, aún
queríamos mas. Llevábamos hambre atrasada de cuarenta
años. Los dos rombos, el 3R ( Para Mayores Con Reparos )
y el 4 ( Gravemente Peligrosa ) estaban caducos, pero nuestros próceres
se resistían a darnos la tan ansiada “ X ” por
la que todos suspirábamos. En una pirueta solo posible en
España, nuestros responsables políticos se inventaban
la clasificación S y, alumbrando así el blandiporno
. Nos habíamos plantado en los años 80, y las salas
autorizadas para el “S” nos ofrecían títulos
como La Chica de las Bragas Transparentes , África Excitación
, la Enmanuelle de turno, Viciosas Al Desnudo o Atraco A Sexo Armado
. TVE se apuntaba el tanto de su vida con su famoso Cine de Medianoche,
allá por 1985: programado una vez al mes en horario para
búhos y mochuelos, nos permitió ponernos al día
con clásicos como Ché? , El Decamerón , El
Imperio de los Sentidos , Y Dios Creó A La Mujer , y tantas
otras... Comenzábamos a ver porno en Súper 8 y revistaa
estilo Private , mientras que el fumetti o cómic adulto italiano
llenaba gran parte de nuestro ocio. ¿Quien no se acuerda
de Blancanieves y los Siete Enanitos Viciosos, Belzeba , o Sukia
?
Todo esto fue nuestro trampolín, la
pista de despegue que nos permitió ascender hasta los primeros
sex-shops en nuestras ciudades, la entronización de las grandes
revistas extranjeras como Penthouse, Lui o Pleasure , las extravagancias
de Ilona Staller (alias Cicciolina ) o el “top-less”.
Cada paso que se daba era mas largo y llegaba mas lejos que el anterior...
Todo lo aquí resumido fue mi bagaje
obligado, como el de millones de españoles (“Nuestro
Nombre Es Legión, Porque Somos Muchos”) cuando, a finales
de los 80 entré a trabajar en la incipiente industria adulta
española, de la mano de Jose María Ponce y de la revista
Sado-Maso . Cierto es el refrán, y nunca mejor dicho, de
que “de aquellos polvos salen estos lodos”. A pesar
de que el VHS estaba mas que implantado, que el porno se podía
ya comprar en el quiosco y que las salas X iniciaban su triste andadura,
todo estaba aún por hacer. La gradualidad con la que habíamos
abierto los ojos a la pornografía (palabra casi desconocida
en aquellos tiempos) había impedido que nos saturásemos
y perdiéramos el interés... Quizás en mi caso
si, pero había condicionado nuestro apetito venéreo
a dosis frecuentes, aunque pequeñas, de productos de importación
y sexo “made in afuera”. Durante años estuvimos
en la trinchera, en primera línea, expuestos a la puntería
de de los bienpensantes, al terreno minado de tabúes y a
la tradicional doble moral española, asidua de puteríos
y avezada en lo canallesco, pero a primera vista siempre tan limpia
como los dientes de un mastín.
Hubo que esperar hasta entrados los 90 para
que nuestra industria, desnutrida pero propia, tomara conciencia
de sí misma y empezara a plantar cara a los suministradores
habituales. Se empezaba a hablar de “algo” llamado DVD,
y la informática nos daba sus primeras alegrías, primero
a través del CD-Rom y luego mediante una cosa muy engorrosa
de explicar llamada Internet . El primer Festival Internacional
de Cine Erótico de Barcelona se celebraba en 1992, año
cabalístico de prodigios y maravillas, abriendo un nuevo
frente para el que muy pocos estaban preparados...
En el futurista año 2000 tenemos porno
por satélite en todas partes, DVD adulto hasta en los “todo
a 100”, sex-shops en abrumadora concentración, kioscos
a reventar de pornografía de calidad, conexiones a Internet
repletas de fotos, vídeos y “dialers” carísimos,
lencería que se lleva a la vista de los mortales, notorias
casas de lenocinio y una mal llamada “prensa del corazón”
que en realidad apunta algunos órganos mas abajo... Pero
sin el coraje, la falta de inhibiciones y las ganas de cachondeo
de un puñado de actrices, actores, directores y editores
hace casi 30 años atrás, nada de esto hubiese sido
posible. Ellas y ellos acostumbraron nuestra vista a los siempre
misteriosos recovecos de la anatomía externa, nos iniciaron
en la liturgia del acto reproductor humano, nos acompañaron
en los momentos mas íntimos y nos hicieron albergar fantasías
imposibles que servían para apreciar más nuestras
mundanas experiencias. Vayan pues para los pioneros, para mis primeras
musas eróticas y para aquellos a los que puedo llamar “maestros”
sin reparo mi agradecimiento eterno. Sin ellos no podría
ufanarme ahora de ser un libertino hecho y derecho, y con plena
responsabilidad en lo que vino después.
--F.J. Campos
Barcelona, Abril de 2003
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